Cartas y poemas
Al Sr Emilio Caraballo (Barcelona, primavera de 2008)
Amigo,
Cada uno tiene sus recuerdos fantasmas y sobre la Tetera no te respondí porque no me siento con fuerzas para evocarla. Todo lo que he tenido lo he perdido, absolutamente todo, por eso, cada día quiero más las personas que sé que valen, porque es lo único que cuento y es bastante. Si te dijera que no está perdida, que no la dejé en la que fue mi casa.
Yo la encontré igual que en un cuento, tumbada y apartada en el rincón oscuro y húmedo de un cobertizo, anónima y muriéndose de tristeza, recordando sus tiempos felices cuando era el centro caliente y humeante de charlas, secretos y risas. Tenía ahora por compañero un Latón de quemar yerbajos secos que la cortejaba como un almirante de mar leyéndole las cartas y periódicos que en él quedaban sin incinerar; al fondo una infantería de limones derrotados por un ciclón habanero hacía una especie de barricada amarillenta alrededor de un tridente, dos palas y un machete que también le acompañaban. La pobre estaba en posición de haber recibido un viandaso contra el barro por lo profundo de su cuerpo en el lodo y se preguntaba qué tarea le tocaría además de recibir puntapies, a juzgar por la cuadrilla que formaba con sus compañeros de patio animados en coro por una Oda al trabajo motivando una escena entre proletaria y rural. El corazón me dio un vuelco tal que fue a parar a una frase en forma de petición, cosa que nunca hago. yo que soy tan observadora, por respeto, entro en las casas ajenas casi sin abrir los ojos porque devoro los espacios y transcribo hasta lo invisible.
Allí me tuvo la Tetera de hojalata y plomo, como si me hubiera mandado a buscar desde el fondo del reparto Merceditas gritando desde un acantilado del tiempo, allí me tuvo vacilando si no se ofendería la dueña por mi atrevimiento y poca clase de estar pidiendo algo privado y a la vez, soñando con poseerla, con acariciar su fina chapa y su caprichosa figura mineral; colocaría su rareza en el mejor lugar de mi casa, en el portal. Ya me hacía planes. Salté la valla de los convencionalismos y la estúpida timidez de mi carácter. Más facil resultó que me la entregaran que yo tocarla, la misma contención como cuando se besa a un ídolo. Y la Tetera dijo adios a su Latón marinero.
El fondo de su corto talle había sido amado tantas veces por el fuego culinario en sus años mozos que estaba casi ausente. La dispuse entonces sobre un contemporáneo platillo blanco que sirvió a mi bisabuela para tomar ardientes sopas de ajo valiéndose de monumentales y verdosas cucharas de plata. Se entendieron. Una vez drenadas las aguas, la tierra de San Francisco es un mar de seda ocre y de esa misma tierra que antes lo embadurnaba todo, dejé caer una ráfaga en el interior de la Tetera hueca que aceptó fundir su vejez con un vitalista helecho de encaje con ramas como nubes gigantes.
Antes de salir de Cuba la dejé al cuidado de una señora amiga, en el 2006 fui a visitarla, desde siempre supe que aprendería a hablar de tantos poemas que susurré en su oido de lata, pero es caprichosa, pues yo le digo adios y ella sólo sabe responderme Hola. Conchita
09:24:11 . 27 Jul 2008
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